domingo, enero 10, 2010

Escondido en lo más profundo del olvido

Hay cosas muy previsibles en la vida. Por ejemplo, es muy previsible que cuando dos personas sienten algo y hacen cosas a consecuencia de esos sentimientos, esas dos personas acabaran hablando de ello. Tal como Eloísa y como yo. Luego hay cosas que escondes, tapas, de las que te olvidas, por vergüenza, por miedo, y no vuelves a acordarte (Casi) de ellas. Y que de repente te topes con eso que ocultaste no es demasiado previsible. Y realmente reacciono fatal a las cosas que no espero.
Sabía que en algún momento escribiría sobre esto, y ese momento es ahora.
Es difícil contarlo todo, porque hay cosas que he hecho o he pensado que no puedo explicar. En realidad es que no quiero explicarlo, porque hay cosas que no me gusta como suenan o como se leen. Cosas como que me arrepiento de muchas cosas que he hecho o dicho... Cosas como, me siento mal, cosas como que me fui porque me sentía culpable, y al volver me sentí igual por haberme marchado. Temas que he evitado continuamente, incluso con David, pero por mucho que no quiera hablarlos no puedo evitar pensarlos y darles vueltas. Y por un lado o por otro acaban saliendo... "Te rendiste" acabo diciendo esa dulce voz. Y quizá está en lo cierto. Yo solo soy una persona, y como todas tengo un límite que traspase. Probablemente fui egoísta, y lo siento.
Sí, lo deje porque me frustraba no ser capaz de animar a la persona a la que amaba. Sí, me fui porque no soportaba sentirme culpable e impotente cerca de tantas personas que me decían o pensaban que me había equivocado. Sí, me equivoque.
Y en mi primera visita pensé que quizás podría arreglarse, a Elo se la veía bien, y yo estaba a gusto... Pero no paso nada, ella se marcho. Y es normal, yo no podía esperar que estuviera esperándome o que después de lo que había pasado estuviera receptiva, de rositas.
Realmente vivía una situación extraña. Por una parte, cuando estaba en Bélgica, no pensaba a penas en todo lo que había dejado aquí, salvo en mis amigos, y cuando volvía se me agolpaban todas las cosas que había olvidado, aparcado, y era... doloroso. El llegar, recordarlo todo, ver que las cosas habían cambiado, que yo no había estado... No puedo evitar sentirme culpable y pensar que no debería haberme marchado. Y un día al volver se me partió el alma al ver a una Eloísa asustada y embarazada. Se me partió porque no sabía que le había pasado por la cabeza, o como estaría anímicamente como para no haber puesto medidas contra aquello. Y se me partió el alma porque yo no había sabido nada y me encontré de frente y sin esperarlo con una mujer y dentro de ella un feto de seis meses. Y no era una mujer más... era ella. Y se me partió el alma, e incluso sentí celos, porque era ella.
Y por mucho que me engañara, lo apartara o me lo negara, siempre sería ella. Y a pesar de todo, en ningún momento había dejado de sentir lo que sentía, a pesar de que debería haber pasado.
Una vez me dijeron que una persona con la que te quieres casar, es con la que quieres pasar el resto de tu vida, porque sabes que pase lo que pase, no la vas a olvidar. Y en parte lo creo. A pesar de todo lo que paso con Cristina, y que debería odiarla, no puedo y la tengo un cariño muy especial. Y cuando salía con Eloísa tuve ese presentimiento, el de que tampoco conseguiría sacarla de mis pensamientos o no sentir absolutamente nada por ella, y en un viaje a Ávila en Agosto de 2007, y en un arrebato de escupir pensamientos se lo pregunté. Y si es algo que no he dicho nunca es porque se quedo ahí. Ella se puso nerviosa, imagino que la pregunta le pillo bastante mal, y probablemente no fuera el momento más adecuado, y preferí no insistir, en vez de eso pensé en crear un momento que si fuera adecuado. Yo conocía perfectamente a Eloísa, y sabía que era de las que dicen que la mayoría de cosas románticas daban asco, pero la encantaban cuando iban dirigidas a ella. Así que cierto día de Septiembre, y en un acto que si que no puedo explicar, porque no recuerdo que tenía en la cabeza en esos momentos, me acerque a una joyería de su gusto y me gaste mi buen dinero en un solitario con un diamante talla radiant. En el fondo la señorita judía es una tradicional, y pensé que no había nada más tradicional para la ocasión que eso. Al poco me dijo que estaba embarazada, y entre la sorpresa, y que sé que ella ve mal casarse en ese estado, esperé. Y pasó lo del aborto, ella empezó a estar mal... y yo no me veía capaz ni veía momento. Y la relación termino. Al recoger mis cosas para mudarme, apareció la dichosa cajita azul del anillo. Avergonzado y triste la escondí en el armario de la habitación que había albergado la mayoría de sus cosas. Y pensé que nunca más volvería a verla o a sacarla. Pero me equivocaba.

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